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Mensajes de los Mormones: el poder del Salvador
Octubre 21, 2009 by Giuseppe Martinengo Leave a Comment | Filed in Conferencia General, Jesucristo, Videos Mormones
Apóstoles de Jesucristo testifican del poder del Salvador para sanarnos, cambiarnos y purificarnos mediante Su expiación.
( Elder Holland – Nadie Estuvo con El)
…Me refiero a la solitaria tarea del Salvador de llevar Él solo la carga de nuestra salvación. Con toda razón Él diría: “He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo… Miré, y no había quien ayudara, y me maravillé que no hubiera quien [me] sustentase”.
…Sabemos que en las Escrituras dice que la llegada mesiánica de Jesús a Jerusalén el domingo antes de la Pascua, un día que equivale directamente a la mañana de hoy, fue un gran momento público, pero el entusiasmo por seguir caminando con Él empezaría a disminuir rápidamente.
Poco después, Él fue llevado ante los líderes israelitas de aquella época, primero Anás, el antiguo sumo sacerdote, y luego Caifás, el sumo sacerdote de esos días. En su prisa por juzgarlo, esos hombres y sus concilios declararon su veredicto con rapidez e ira: “¿Qué más necesidad tenemos de testigos?”, exclamaron. “¡Es [digno] de muerte!”.
…Después de la Última Cena, Jesús dejó a Pedro, a Jacobo y a Juan esperando mientras Él se fue solo al Jardín de Getsemaní. Postrándose sobre su rostro en oración, “triste… hasta la muerte”, dice el registro, Su sudor era como grandes gotas de sangre mientras le suplicaba al Padre que pasara de Él esa copa abrumadora y atroz. Pero, ciertamente, no pasaría. Al regresar de aquella angustiosa oración, encontró dormidos a Sus tres discípulos principales, lo que lo indujo a preguntar: “¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?”. Esto ocurrió dos veces más hasta que a la tercera Él dice con compasión: “Dormid ya, y descansad”, a pesar de que para Él no habría descanso.
Más tarde, después de que Jesús fue arrestado y presentado ante el tribunal, Pedro, a quien se acusó de conocer a Jesús y de ser uno de Sus confidentes, niega esa acusación no sólo una, sino tres veces. No sabemos todo lo que estaba sucediendo allí, y tampoco sabemos si el Salvador les haya dado a Sus apóstoles, en privado, algún consejo para que se protegieran, pero sí sabemos que Jesús era consciente de que ni siquiera esos seres tan queridos estarían con Él hasta el final, de lo cual ya le había advertido a Pedro. Entonces, al cantar el gallo, “vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor… Y [él], saliendo fuera, lloró amargamente”.
Fue así que, por necesidad divina, el círculo de apoyo alrededor de Jesús se hace más y más pequeño, dando un significado al corto versículo de Mateo: “…todos los discípulos, dejándole, huyeron”. Pedro permaneció lo suficientemente cerca como para que se le reconociera y confrontara; Juan permaneció al pie de la cruz con la madre de Jesús. En especial y como siempre, las benditas mujeres en la vida del Salvador permanecieron tan cerca de Él como pudieron; pero básicamente, Su solitaria jornada de regreso a Su Padre siguió sin consuelo ni compañía.
Ahora hablo con sumo cuidado, incluso con reverencia, de lo que tal vez haya sido el momento más difícil de todos en esta solitaria jornada hacia la Expiación. Me refiero a esos momentos finales para los cuales Jesús debió haber estado preparado intelectual y físicamente, pero para los que quizás no haya estado preparado emocional ni espiritualmente, aquel descenso final hacia la paralizante desesperación de sentir que Dios lo había desamparado, cuando exclama en suprema soledad: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”.
Él había previsto la pérdida del apoyo de seres mortales, pero ciertamente no había comprendido este último. ¿Acaso Él no había dicho a Sus discípulos: “He aquí, la hora… ha venido ya, en que seréis esparcidos cada uno por su lado, y me dejaréis solo; mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo” y “…no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada”?
Con toda la convicción de mi alma, testifico que Él sí complació perfectamente a Su Padre, y que un Padre perfecto no desamparó a Su Hijo en ese momento. De hecho, mi creencia personal es que durante todo el ministerio terrenal de Cristo, posiblemente el Padre nunca haya estado más cerca de Su Hijo que en esos últimos momentos de angustioso sufrimiento. No obstante, a fin de que el sacrificio supremo de Su Hijo fuera igualmente completo como lo fue voluntario y solitario, el Padre retiró brevemente de Jesús el consuelo de Su Espíritu, el apoyo de Su presencia personal. Fue necesario; de hecho, fue fundamental para la trascendencia de la Expiación que este Hijo perfecto que nunca había dicho ni hecho nada malo, ni había tocado cosa inmunda, supiese cómo se sentiría el resto de la humanidad, o sea nosotros, todos nosotros, cuando cometiera esos pecados. Para que Su expiación fuese infinita y eterna, Él tenía que sentir lo que era morir no sólo física sino espiritualmente, sentir lo que era el alejamiento del Espíritu divino, al dejar que la persona se sintiera total, vil y completamente sola.
Pero Jesús perseveró y siguió adelante. Lo bueno en Él permitió que la fe triunfara en un estado de completa angustia. La confianza que guiaba Su vida le indicaba, a pesar de Sus sentimientos, que la compasión divina nunca se ausenta, que Dios es siempre fiel, que Él nunca huye ni nos falla. Cuando se hubo pagado hasta el último centavo, cuando la determinación de Cristo de ser fiel se manifestó de manera tan evidente como absolutamente invencible, por fin y piadosamente, el sufrimiento “consumado” fue. A pesar de tenerlo todo en su contra y sin nadie que lo ayudara ni apoyara, Jesús de Nazaret, el Hijo viviente del Dios viviente, restauró la vida física donde la muerte había prevalecido, y trajo gloriosa redención espiritual tras horrenda obscuridad y desesperación. Con fe en el Dios que Él sabía que estaba allí, pudo decir triunfante: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
Hermanos y hermanas, uno de los grandes consuelos de esta época de Pascua de Resurrección es que debido a que Jesús caminó totalmente solo por el largo y solitario sendero, nosotros no tenemos que hacerlo. Su solitaria jornada proporciona una compañía excelente para la corta versión de nuestro sendero: el misericordioso cuidado de nuestro Padre Celestial, la infalible compañía de este Hijo Amado, el excelente don del Espíritu Santo, los ángeles del cielo, familiares a ambos lados del velo, profetas y apóstoles, maestros, líderes y amigos. Se nos han dado todos estos compañeros y más para nuestra jornada terrenal por medio de la expiación de Jesucristo y de la restauración de Su evangelio. La verdad que se pregonó desde la cima del Calvario es que nunca estaremos solos ni sin ayuda, aunque a veces pensemos que lo estamos. Ciertamente, el Redentor de todos nosotros dijo: “No os dejaré huérfanos. [Mi Padre y yo] vendr[emos] a vosotros [y moraremos con vosotros]”…