may

13

Todos nacemos en una familia, tenemos padres, ellos tienen padres y sus padres tienen padres–bueno, tienen la idea. Este es nuestro árbol familiar. Nos muestra a nuestros ancestros y de dónde provenimos. Si usted es como la mayoría, debe saber algo de sus abuelos, y quizás aún de sus bisabuelos. Pero a partir de allí, todo se pone un poco difícil. La historia familiar ayuda a descubrir el resto de su árbol, y es mucho más fácil de lo que piensa!

Hacer la historia familiar significaba pasarse horas en la biblioteca, revisando diarios y microfilms empolvados. Con registros de nacimiento y documentos históricos esparcidos en todo el mundo, podría tomar días y aun años hacer pequeños avances. Felizmente, todo eso ha cambiado. Los registros antes disponibles en papel o película, se han escaneado, digitalizado e ingresado en grandes bases de datos, accesibles en la Internet. Ahora, con sólo algunos clics, usted puede acceder a registros militares, censos, inmigración y otros registros históricos y saber dónde vivieron sus antepasados, sus ocupaciones, posesión de propiedad y mucho más.

Los parientes vivos son otro gran recurso informativo. Ellos pueden compartir historias y recuerdos que le darán una visión muy personal de sus antepasados. También le pueden pasar investigaciones que hayan hecho.

Finalmente, dé una mirada a su ático. Nunca sabe qué tesoros puede encontrar.

A medida que añade detalles a su árbol familiar, sus antepasados volverán a vivir. Conocerá personas interesantes, al tatarabuelo Joe quien sirvió en la Primera Guerra Mundial, o la grandiosa abuela Susan, actriz de cine en blanco y negro. Podría descubrir cosas en común: amor por la música, igual a la tatarabuela Jean; buen humor como el del bisabuelo Rick. Incluso, puede notar parecidos físicos sorprendentes que expliquen cosas como “de quién sacó orejas grandes”.

Lo más importante, el saber de dónde proviene, le ayudará a comprender más quién es usted. Y a medida que se relacione con los miembros de la familia –pasados y presentes– usted ganará un sentido de propósito y pertenencia. De esto se trata la historia familiar.

may

2

En momentos de paz, se ha hecho preguntas importantes sobre la vida, como: “¿de dónde vengo?”, “¿por qué estoy aquí?, y “¿qué sucede cuando morimos?”.

Preguntas difíciles, veamos si podemos hallar algunas respuestas.
Esto es El Propósito de la Vida – En modo simple.
En cuanto a vivir en la tierra, la mayoría de nosotros conoce el orden básico de acontecimientos:
Primero, nacemos. Después, crecemos, vamos a estudiar y tenemos un trabajo. Luego, viene el matrimonio, más trabajo, ascensos. Posteriormente, nos jubilamos, nos hacemos mayores y finalmente morimos. Muchas personas creen allí termina la historia.
Los mormones, en cambio, creen que esta vida es solo un pequeño paso de un largo viaje que empezó mucho antes del nacimiento y terminará mucho después de la muerte.
Antes de esta vida, vivimos con Dios, nuestro Padre Celestial, ya que fuimos sus hijos espirituales.
Como cualquier padre, nuestro Padre Celestial quiso que maduráramos por la experiencia y nos volviéramos semejantes Él.
Para ello, Él presentó el plan de felicidad, también conocido como Plan de Salvación.
Como parte de este plan, Él creó la tierra como lugar de probación para nosotros.
Aquí, nosotros tendríamos éxitos y desafíos, felicidad y dolor.
Y al final, volveríamos a él habiendo madurado y desarrollado cualidades divinas.
Como la mayoría de hijos, estuvimos emocionados por la oportunidad de probarnos a nosotros mismos.
Así que estamos aquí.
Viviendo nuestras vidas en la tierra.
Cada día tomamos muchas decisiones.
Y tenemos la libertad de escoger lo bueno o lo malo.
Siempre hay tentaciones a nuestro alrededor.
Felizmente, nuestro Padre Celestial nos dio algunas ayudas.
Tenemos las enseñanzas de las Escrituras para guiarnos.
Y, tenemos al espíritu santo como compañero, si deseamos escucharlo.
Mientras tomamos buenas decisiones, desarrollamos aquellas cualidades que nos vuelven más semejantes a nuestro Padre Celestial.
Aprendemos que la verdadera felicidad es servir a nuestros semejantes, trabajar fuerte, tener una vida saludable, y desarrollar relaciones personales significativas.
Pero nuestro Padre Celestial sabía que a veces tomaríamos decisiones equivocadas,también conocidas como pecados.
Él espera que aprendamos de estos errores.
Y Él nos dio un Salvador, Jesucristo, quien vino a la tierra y pagó el precio de nuestros pecados.
Si nos arrepentimos, podemos limpiarnos de estos pecados.
Ahora, finalmente, cada uno de nosotros morirá.
Y volverá a nuestro Padre Celestial para ser juzgado.
A diferencia de muchas religiones, los mormones no creen en los conceptos tradicionales de cielo e infierno.
En su lugar, los mormones creen que hay muchos reinos.
Los que han tomado buenas decisiones y han desarrollado cualidades divinas, recibirán el reino más alto.
Mientras que los que tomaron malas decisiones recibirán un reino menor.
Sin embargo, solo los que logren el reino más alto podrán volver a la presencia del Padre Celestial y reunirse con Él.
Bueno, parece que tiene mucho en qué pensar…
Si a usted le gustaría saber más acerca del Plan de Felicidad del Padre Celestial, por favor visite…
Y para ver más videos divertidos y educativos sobre la fe mormona, por favor visite MormonsMadeSimple.com.

mar

24

Cuando Cristo estuvo sobre la tierra, Él estableció una iglesia. ¿Alguna vez se preguntó que sucedió con esa iglesia? Averígüelo en este video

En la Biblia, leemos sobre profetas como Moisés, Abraham e Isaías. Dios se comunicaba con estos profetas, quienes enseñaban al pueblo y les daban importante instrucción espiritual. Mediante este proceso, conocido como revelación, el pueblo podía comprender la voluntad de Dios.

Sin embargo, también leemos que a veces, el pueblo escogía desobedecer a Dios e ignoraba o incluso mataba a sus profetas. Durante estos tiempos de iniquidad, el pueblo perdió esta línea de comunicación con Dios.

Los períodos de luz espiritual, cuando los profetas están sobre la tierra, se conocen como dispensaciones y los períodos de oscuridad espiritual, cuando los profetas no están sobre la tierra, se conocen como apostasía. El ciclo se repite muchas veces en toda la Biblia.

Cuando nuestro Señor y Salvador Jesucristo empezó su ministerio, él asumió el papel de profeta, llevando el mensaje de Dios a aquellos dispuestos a escuchar. Este suceso marco el principio de una nueva dispensación. Jesús llamó a 12 apóstoles y estableció Su Iglesia. Pero finalmente el pueblo rechazó a Cristo y mató a sus apóstoles y seguidores. El mundo estaba nuevamente sin un profeta y en un período de apostasía. Aunque la Iglesia de Cristo fue destruida, sus enseñanzas permanecieron. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, el pueblo empezó a discrepar sobre el significado de esas enseñanzas. Como resultado, se formaron muchas diferentes iglesias, cada una con una interpretación ligeramente diferente. Y ninguna de estas iglesias tenía la verdad completa y original–algo parecido a un rompecabezas con importantes piezas faltantes.

Pero como siempre, Dios finalmente llama a otro profeta para dirigir a su pueblo.

Avancemos al año 1820 en el pueblo de Palmyra, NY. Un jovencito de 14 años llamado José Smith se hallaba en medio de un período de agitación religiosa. Aquellos a su alrededor estaban asistiendo a resurgimientos y escogiendo a qué iglesia unirse. José visitó muchas diferentes iglesias con su familia, pero no sabía cómo escoger entre ellas.

Un día, mientras leía en la Biblia, José llegó a Santiago 1:5

“Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, quien da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada”.

Siguiendo este consejo, José fue a un claro en la arboleda cerca de su casa y empezó a orar. En respuesta a su oración, Dios y Jesucristo aparecieron ante José y le dijeron que no se uniera a ninguna de las Iglesias, porque ninguna de ellas tenía la verdad completa.

Después de varios años de preparación, José fue llamado a ser el profeta de Dios y a re-establecer la Iglesia de Cristo otra vez sobre la tierra–completa con todas sus enseñanzas originales. Este acontecimiento es conocido como la restauración.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (o mormones) afirma ser la iglesia cristiana original restablecida. Y sus miembros creen que los profetas están nuevamente sobre la tierra dirigiendo al pueblo de Dios a través de revelación directa.

Sabiendo esto, usted puede imaginar por qué los mormones están tan ansiosos de compartir su menaje con el mundo.

mar

21

Creencias Mormonas, Victor, un ex misionero Santo de los Últimos Días (Mormone) comparte sus sentimientos

Creencias Mormonas, escuche cómo la Familia de Emelida se convirtió a la Iglesia Mormona. El padre de Emelida no creía en la religión.

Creencias Mormonas Adriano: La Iglesia Mormona y los Templos Mormones. Un testimonio de un Santo de los Últimos Días.

La hermana Reyna Salazar habla de sus sentimientos acerca de la Iglesia. Ella habla de cómo el Señor la ha guiado a través de su vida, y cómo ahora ella les está enseñando este mismo Evangelio a sus 4 hijos.

abr

30

Apóstoles de Jesucristo testifican del poder del Salvador para sanarnos, cambiarnos y purificarnos mediante Su expiación.

( Elder Holland – Nadie Estuvo con El)

…Me refiero a la solitaria tarea del Salvador de llevar Él solo la carga de nuestra salvación. Con toda razón Él diría: “He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo… Miré, y no había quien ayudara, y me maravillé que no hubiera quien [me] sustentase”.

…Sabemos que en las Escrituras dice que la llegada mesiánica de Jesús a Jerusalén el domingo antes de la Pascua, un día que equivale directamente a la mañana de hoy, fue un gran momento público, pero el entusiasmo por seguir caminando con Él empezaría a disminuir rápidamente.

Poco después, Él fue llevado ante los líderes israelitas de aquella época, primero Anás, el antiguo sumo sacerdote, y luego Caifás, el sumo sacerdote de esos días. En su prisa por juzgarlo, esos hombres y sus concilios declararon su veredicto con rapidez e ira: “¿Qué más necesidad tenemos de testigos?”, exclamaron. “¡Es [digno] de muerte!”.

…Después de la Última Cena, Jesús dejó a Pedro, a Jacobo y a Juan esperando mientras Él se fue solo al Jardín de Getsemaní. Postrándose sobre su rostro en oración, “triste… hasta la muerte”, dice el registro, Su sudor era como grandes gotas de sangre mientras le suplicaba al Padre que pasara de Él esa copa abrumadora y atroz. Pero, ciertamente, no pasaría. Al regresar de aquella angustiosa oración, encontró dormidos a Sus tres discípulos principales, lo que lo indujo a preguntar: “¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?”. Esto ocurrió dos veces más hasta que a la tercera Él dice con compasión: “Dormid ya, y descansad”, a pesar de que para Él no habría descanso.

Más tarde, después de que Jesús fue arrestado y presentado ante el tribunal, Pedro, a quien se acusó de conocer a Jesús y de ser uno de Sus confidentes, niega esa acusación no sólo una, sino tres veces. No sabemos todo lo que estaba sucediendo allí, y tampoco sabemos si el Salvador les haya dado a Sus apóstoles, en privado, algún consejo para que se protegieran, pero sí sabemos que Jesús era consciente de que ni siquiera esos seres tan queridos estarían con Él hasta el final, de lo cual ya le había advertido a Pedro. Entonces, al cantar el gallo, “vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor… Y [él], saliendo fuera, lloró amargamente”.

Fue así que, por necesidad divina, el círculo de apoyo alrededor de Jesús se hace más y más pequeño, dando un significado al corto versículo de Mateo: “…todos los discípulos, dejándole, huyeron”. Pedro permaneció lo suficientemente cerca como para que se le reconociera y confrontara; Juan permaneció al pie de la cruz con la madre de Jesús. En especial y como siempre, las benditas mujeres en la vida del Salvador permanecieron tan cerca de Él como pudieron; pero básicamente, Su solitaria jornada de regreso a Su Padre siguió sin consuelo ni compañía.

Ahora hablo con sumo cuidado, incluso con reverencia, de lo que tal vez haya sido el momento más difícil de todos en esta solitaria jornada hacia la Expiación. Me refiero a esos momentos finales para los cuales Jesús debió haber estado preparado intelectual y físicamente, pero para los que quizás no haya estado preparado emocional ni espiritualmente, aquel descenso final hacia la paralizante desesperación de sentir que Dios lo había desamparado, cuando exclama en suprema soledad: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”.

Él había previsto la pérdida del apoyo de seres mortales, pero ciertamente no había comprendido este último. ¿Acaso Él no había dicho a Sus discípulos: “He aquí, la hora… ha venido ya, en que seréis esparcidos cada uno por su lado, y me dejaréis solo; mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo” y “…no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada”?

Con toda la convicción de mi alma, testifico que Él sí complació perfectamente a Su Padre, y que un Padre perfecto no desamparó a Su Hijo en ese momento. De hecho, mi creencia personal es que durante todo el ministerio terrenal de Cristo, posiblemente el Padre nunca haya estado más cerca de Su Hijo que en esos últimos momentos de angustioso sufrimiento. No obstante, a fin de que el sacrificio supremo de Su Hijo fuera igualmente completo como lo fue voluntario y solitario, el Padre retiró brevemente de Jesús el consuelo de Su Espíritu, el apoyo de Su presencia personal. Fue necesario; de hecho, fue fundamental para la trascendencia de la Expiación que este Hijo perfecto que nunca había dicho ni hecho nada malo, ni había tocado cosa inmunda, supiese cómo se sentiría el resto de la humanidad, o sea nosotros, todos nosotros, cuando cometiera esos pecados. Para que Su expiación fuese infinita y eterna, Él tenía que sentir lo que era morir no sólo física sino espiritualmente, sentir lo que era el alejamiento del Espíritu divino, al dejar que la persona se sintiera total, vil y completamente sola.

Pero Jesús perseveró y siguió adelante. Lo bueno en Él permitió que la fe triunfara en un estado de completa angustia. La confianza que guiaba Su vida le indicaba, a pesar de Sus sentimientos, que la compasión divina nunca se ausenta, que Dios es siempre fiel, que Él nunca huye ni nos falla. Cuando se hubo pagado hasta el último centavo, cuando la determinación de Cristo de ser fiel se manifestó de manera tan evidente como absolutamente invencible, por fin y piadosamente, el sufrimiento “consumado” fue. A pesar de tenerlo todo en su contra y sin nadie que lo ayudara ni apoyara, Jesús de Nazaret, el Hijo viviente del Dios viviente, restauró la vida física donde la muerte había prevalecido, y trajo gloriosa redención espiritual tras horrenda obscuridad y desesperación. Con fe en el Dios que Él sabía que estaba allí, pudo decir triunfante: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Hermanos y hermanas, uno de los grandes consuelos de esta época de Pascua de Resurrección es que debido a que Jesús caminó totalmente solo por el largo y solitario sendero, nosotros no tenemos que hacerlo. Su solitaria jornada proporciona una compañía excelente para la corta versión de nuestro sendero: el misericordioso cuidado de nuestro Padre Celestial, la infalible compañía de este Hijo Amado, el excelente don del Espíritu Santo, los ángeles del cielo, familiares a ambos lados del velo, profetas y apóstoles, maestros, líderes y amigos. Se nos han dado todos estos compañeros y más para nuestra jornada terrenal por medio de la expiación de Jesucristo y de la restauración de Su evangelio. La verdad que se pregonó desde la cima del Calvario es que nunca estaremos solos ni sin ayuda, aunque a veces pensemos que lo estamos. Ciertamente, el Redentor de todos nosotros dijo: “No os dejaré huérfanos. [Mi Padre y yo] vendr[emos] a vosotros [y moraremos con vosotros]”…

oct

21

Apóstoles de Jesucristo testifican del poder del Salvador para sanarnos, cambiarnos y purificarnos mediante Su expiación.

( Elder Holland – Nadie Estuvo con El)

…Me refiero a la solitaria tarea del Salvador de llevar Él solo la carga de nuestra salvación. Con toda razón Él diría: “He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo… Miré, y no había quien ayudara, y me maravillé que no hubiera quien [me] sustentase”.

…Sabemos que en las Escrituras dice que la llegada mesiánica de Jesús a Jerusalén el domingo antes de la Pascua, un día que equivale directamente a la mañana de hoy, fue un gran momento público, pero el entusiasmo por seguir caminando con Él empezaría a disminuir rápidamente.

Poco después, Él fue llevado ante los líderes israelitas de aquella época, primero Anás, el antiguo sumo sacerdote, y luego Caifás, el sumo sacerdote de esos días. En su prisa por juzgarlo, esos hombres y sus concilios declararon su veredicto con rapidez e ira: “¿Qué más necesidad tenemos de testigos?”, exclamaron. “¡Es [digno] de muerte!”.

…Después de la Última Cena, Jesús dejó a Pedro, a Jacobo y a Juan esperando mientras Él se fue solo al Jardín de Getsemaní. Postrándose sobre su rostro en oración, “triste… hasta la muerte”, dice el registro, Su sudor era como grandes gotas de sangre mientras le suplicaba al Padre que pasara de Él esa copa abrumadora y atroz. Pero, ciertamente, no pasaría. Al regresar de aquella angustiosa oración, encontró dormidos a Sus tres discípulos principales, lo que lo indujo a preguntar: “¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?”. Esto ocurrió dos veces más hasta que a la tercera Él dice con compasión: “Dormid ya, y descansad”, a pesar de que para Él no habría descanso.

Más tarde, después de que Jesús fue arrestado y presentado ante el tribunal, Pedro, a quien se acusó de conocer a Jesús y de ser uno de Sus confidentes, niega esa acusación no sólo una, sino tres veces. No sabemos todo lo que estaba sucediendo allí, y tampoco sabemos si el Salvador les haya dado a Sus apóstoles, en privado, algún consejo para que se protegieran, pero sí sabemos que Jesús era consciente de que ni siquiera esos seres tan queridos estarían con Él hasta el final, de lo cual ya le había advertido a Pedro. Entonces, al cantar el gallo, “vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor… Y [él], saliendo fuera, lloró amargamente”.

Fue así que, por necesidad divina, el círculo de apoyo alrededor de Jesús se hace más y más pequeño, dando un significado al corto versículo de Mateo: “…todos los discípulos, dejándole, huyeron”. Pedro permaneció lo suficientemente cerca como para que se le reconociera y confrontara; Juan permaneció al pie de la cruz con la madre de Jesús. En especial y como siempre, las benditas mujeres en la vida del Salvador permanecieron tan cerca de Él como pudieron; pero básicamente, Su solitaria jornada de regreso a Su Padre siguió sin consuelo ni compañía.

Ahora hablo con sumo cuidado, incluso con reverencia, de lo que tal vez haya sido el momento más difícil de todos en esta solitaria jornada hacia la Expiación. Me refiero a esos momentos finales para los cuales Jesús debió haber estado preparado intelectual y físicamente, pero para los que quizás no haya estado preparado emocional ni espiritualmente, aquel descenso final hacia la paralizante desesperación de sentir que Dios lo había desamparado, cuando exclama en suprema soledad: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”.

Él había previsto la pérdida del apoyo de seres mortales, pero ciertamente no había comprendido este último. ¿Acaso Él no había dicho a Sus discípulos: “He aquí, la hora… ha venido ya, en que seréis esparcidos cada uno por su lado, y me dejaréis solo; mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo” y “…no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada”?

Con toda la convicción de mi alma, testifico que Él sí complació perfectamente a Su Padre, y que un Padre perfecto no desamparó a Su Hijo en ese momento. De hecho, mi creencia personal es que durante todo el ministerio terrenal de Cristo, posiblemente el Padre nunca haya estado más cerca de Su Hijo que en esos últimos momentos de angustioso sufrimiento. No obstante, a fin de que el sacrificio supremo de Su Hijo fuera igualmente completo como lo fue voluntario y solitario, el Padre retiró brevemente de Jesús el consuelo de Su Espíritu, el apoyo de Su presencia personal. Fue necesario; de hecho, fue fundamental para la trascendencia de la Expiación que este Hijo perfecto que nunca había dicho ni hecho nada malo, ni había tocado cosa inmunda, supiese cómo se sentiría el resto de la humanidad, o sea nosotros, todos nosotros, cuando cometiera esos pecados. Para que Su expiación fuese infinita y eterna, Él tenía que sentir lo que era morir no sólo física sino espiritualmente, sentir lo que era el alejamiento del Espíritu divino, al dejar que la persona se sintiera total, vil y completamente sola.

Pero Jesús perseveró y siguió adelante. Lo bueno en Él permitió que la fe triunfara en un estado de completa angustia. La confianza que guiaba Su vida le indicaba, a pesar de Sus sentimientos, que la compasión divina nunca se ausenta, que Dios es siempre fiel, que Él nunca huye ni nos falla. Cuando se hubo pagado hasta el último centavo, cuando la determinación de Cristo de ser fiel se manifestó de manera tan evidente como absolutamente invencible, por fin y piadosamente, el sufrimiento “consumado” fue. A pesar de tenerlo todo en su contra y sin nadie que lo ayudara ni apoyara, Jesús de Nazaret, el Hijo viviente del Dios viviente, restauró la vida física donde la muerte había prevalecido, y trajo gloriosa redención espiritual tras horrenda obscuridad y desesperación. Con fe en el Dios que Él sabía que estaba allí, pudo decir triunfante: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Hermanos y hermanas, uno de los grandes consuelos de esta época de Pascua de Resurrección es que debido a que Jesús caminó totalmente solo por el largo y solitario sendero, nosotros no tenemos que hacerlo. Su solitaria jornada proporciona una compañía excelente para la corta versión de nuestro sendero: el misericordioso cuidado de nuestro Padre Celestial, la infalible compañía de este Hijo Amado, el excelente don del Espíritu Santo, los ángeles del cielo, familiares a ambos lados del velo, profetas y apóstoles, maestros, líderes y amigos. Se nos han dado todos estos compañeros y más para nuestra jornada terrenal por medio de la expiación de Jesucristo y de la restauración de Su evangelio. La verdad que se pregonó desde la cima del Calvario es que nunca estaremos solos ni sin ayuda, aunque a veces pensemos que lo estamos. Ciertamente, el Redentor de todos nosotros dijo: “No os dejaré huérfanos. [Mi Padre y yo] vendr[emos] a vosotros [y moraremos con vosotros]”…

abr

30

Jesucristo es la figura sobre cual se basa la cristiandad. Debido a la importancia de su misión todo profeta antes de su nacimiento testificó de Él. Y a partir de Su muerte todo profeta hasta el día actual ha profetizado concerniente al Unigénito del Padre (Hechos 10:43). Jesucristo estando en la tierra nos mandó a seguirle y a ser como El, perfectos. Para lograr esta perfección, es necesario estudiar la vida y las enseñanzas de Jesucristo, arrepentirnos, hacer convenios con El y seguir fiel hasta el fin de nuestras vidas.

Jesús quiso que Su Evangelio se enseñara a todos los habitantes de la tierra; por lo tanto, eligió a Doce Apóstoles para que testificaran de Él. Jesucristo edificó Su Iglesia de cierta forma y mandó que se hiciera así, para que hubiera un fundamento:

Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo…”

Los mormones enseñan que este mismo fundamento se restauró en 1820 por medio de José Smith, y que ese fundamento existe en La Iglesia en la Actualidad Estos primeros apóstoles fueron los primeros líderes de Su Iglesia, quienes recibieron La Autoridad para actuar en Su nombre y para llevar a cabo las obras y Ordenanzasque le habían visto hacer a Él. Las personas que recibieron la autoridad de ellos, también pudieron enseñar, bautizar y efectuar otras ordenanzas en Su nombre. Luego de Su muerte, ellos continuaron haciendo Su obra hasta que la gente se volvió tan inicua que mataron a los apóstoles y la verdad y la Iglesia de Jesucristo Desapareció.

mar

18

La Iglesia Mormona enseña que no estamos en la tierra por accidente, sino que hay un propósito para la vida mortal y la existencia terrenal. Estamos aquí para recibir un cuerpo físico, ganar experiencia y desarrollar atributos divinos como la justicia, la misericordia y el amor. Dios envió a sus hijos sabiamente con un plan( Plan de Salvación ); Su plan está designado para que les proporcione a sus hijos una paz mayor en esta vida sin importar cuáles sean las pruebas, y gozo eterno en la vida por venir.

mar

11

Las manos que ayudan mormonas y el servicio a la comunidad para combatir el sarampión en África.

Obispo H. David Burton, Obispo presidente de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Dias dijo:

La caridad hacia los demás siempre ha sido una característica fundamental de los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. El profeta Alma (en el Libro de Mormon) dijo:

“Deseáis entrar en el redil de Dios y ser llamados su pueblo, y estáis dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras; sí, y estáis dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo”.

El Salvador nos pide, “socorre[r] a los débiles, levanta[r] las manos caídas y fortalece[r] las rodillas debilitadas”.

He presenciado directamente la dedicación de los Santos de los Últimos Días y de otras personas que no son de nuestra fe, que tienen corazones tiernos y manos dispuestas a ayudar, que “sobrelleva[n] los unos las cargas de los otros”. Me ha conmovido profundamente el haber presenciado tan enorme destrucción y visitar a víctimas que no abrigan ninguna esperanza.

En años recientes, la Madre Naturaleza ha manifestado su venganza y supremacía de maneras poderosas y fuera de lo común (Corazones tiernos y manos dispuestas a ayudar)

ene

5

No nací ni me crié en Utah, entre los mormones, sino que crecí como Católico en Italia. Cuando tenía 10 años, mi padre murió, a la edad de 47 años, debido a un cáncer del pulmón (solía fumar). Su muerte cambió todo en mi vida. Yo era entonces el único hijo de una joven madre viuda (de 33 años de edad). A pesar de todos los esfuerzos hechos por mi madre para ayudarme a enfrentar la situación, muy pronto me di cuenta de que algo había cambiado no sólo en mi vida normal exterior, sino también dentro de mí. Ya no era como muchos otros niños que podían seguir siéndolo sin muchos problemas y especialmente sin muchas preguntas acerca de la vida o una súbita tristeza….

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